domingo, 8 de septiembre de 2013

ESTATUAS QUE SALTAN







Esta estatua es especial. ¿Y por qué? Porque forma parte de mi infancia. Porque esa estatua es un portero de fútbol al que mi padre y yo tirabamos tiros, y ya me puede venir un crítico artístico o el propio autor a decirme que me equivoco, que lo siento, pero con todos mis respetos, me mantendré implacable en la defensa de mi postura. Esa estatua está saltando. Y solo los niños que sueñan con ser futbolistas saben que  está saltanto haciendo una "palomita" para atrapar la bola que amenaza con colarse entre sus brazos. Está saltando. Lo siento mucho por los que crean que no está saltando, porque tengo una noticia que comunicarles. Ya no son niños. Y lo peor de todo: ya incluso perdieron al niño que llevaban dentro.

RAÍCES QUE APUNTAN AL CIELO








Quizás en eso consiste la vida, en ser un poco más árboles, en crecer hacia afuera y crecer hacia dentro, aunque lo de dentro solo lo veamos nosotros. Absorber el agua desde las raíces, nutrirnos, culturizarnos y tras meditar y pensar las cosas, sacarlas al exterior. Regalarle al mundo nuestro grano de arena, o nuestras hojas en este caso, ir engrosando nuestro tronco, conforme podamos ir aumentando el número de ramas, abarcar más conocimiento y regalarlo a todo el que quiera escucharlo. Pero sin olvidarnos de las raíces. Sin ellas no somos nada.